INSULA Francisco Umbral: La escritura perpetua. Número 581. Mayo 95
 
 

MIGUEL GARCÍA-POSADA/
EL ESCRITOR PERPETUO



Desde hace ya más de treinta años Francisco Umbral lleva produciendo una obra que es literalmente abrumadora por su cantidad. En este último aspecto nadie lo supera entre sus coetáneos: más de noventa libros registra su bibliografía junto a varios miles de artículos de periódico, algunos recopilados en volumen. Sólo cabe compararlo a Ramón Gómez de la Serna, con quien tantas semejanzas guarda y por quien el escritor nunca ha desmentido su admiración, hasta el punto de dedicarle un libro (Ramón y las vanguardias).

Pero no se trata únicamente de cantidad: más allá de las reservas mentales y las miserias intelectuales, digámoslo así, de algunos, más allá también de ciertas imágenes unívocas asociadas a la «espectacularidad» del personaje, el hecho es que a Umbral se deben muchas páginas destinadas a perdurar en la memoria literaria. Casi a voleo acuden algunos títulos a la pluma: Memorias de un niño de derechas, Mortal y rosa, Las ninfas, El hijo de Greta Garbo, Las giganteas, La bestia rosa, Leyenda del César Visionario..., sin olvidar ensayos como Larra. Anatomía de un dandy, Lorca, poeta maldito y el ya citado sobre Gómez de la Serna, que se han convertido en clásicos en la materia.

Literatura y vida

Madrileño de 1935, crecido en Valladolid y otra vez madrileño desde sus veintitantos años —ninguna de estas referencias son baladíes para comprender su obra—, Umbral se ha dedicado a la literatura con pasión absoluta, rehén gozoso de lo que él mismo ha llamado «la escritura perpetua» (1). La escritura como forma de afirmación, como forma de vida. Porque vivir y escribir son la misma cosa. Como el Ave Fénix en la llama, el individuo muere y resucita en el acto constante de la escritura. Lo prolífico de la producción de Umbral no es consecuencia de ninguna especie de grafomanía. Incluso la dedicación al columnismo, al artículo diario, es fruto de esa hoguera de la escritura, más allá de otros intereses. Pues la escritura lo es todo; el mundo está para ser escrito y escribirlo es la manera de vivirlo verdaderamente. La literatura ha sido y es, como leemos en Mortal y rosa (2),

«mi manera de no estar en el mundo, mi repugnancia hacia la sociedad de los adultos, hacia sus trámites, sus compraventas y sus transferencias. Ahora compruebo complacidamente que no he vivido» (p. 136).

Al margen del contexto inmediato en que esta afirmación se profiere, un contexto trágico, nada la desmiente en el resto de la obra de Umbral. La literatura es, así, un universo propio, donde el ruido y la furia de los hombres se transforman en alarde verbal, en imagen, en acuñación nueva, en estilo perdurable. Es un modo efectivo, y para el escritor no hay otro, de prolongar la infancia, el tiempo sin tiempo, el ámbito de lo único sagrado que hay en este mundo. Así, leemos en nuestro texto:

«He prolongado mi infancia a lo largo de toda la vida, he salvado mi sueño, y por eso mi vida no se ha perdido ni se ha frustrado. Nada puede pasarme porque no estoy en el mundo (...). Moriré sin haber pasado por el mundo» (p. 137).

Ningún esteticismo en esta afirmación; la obra de Umbral está llena de historia, de pulsación, de aliento de la realidad. Cronista y memorialista de la España de su tiempo y de otros tiempos, novelista que ha recogido la tradición galdosiana de los Episodios Nacionales, narrador de la problemática sociedad urbana de este final de siglo, pocos de sus coetáneos se han nutrido tanto como él de las sustancias y materias del vivir en torno. Pero ese vivir no es nada, nada vale, nada significa sin el prisma de la literatura, como vuelve a decir nuestro texto:

«He vivido el mundo intensamente, pero literariamente. Escribir es sólo la exteriorización de una actitud y de una óptica. El escritor va por dentro» (p. 137).

La literatura, en fin, dispensa la única inmortalidad posible. No se trata en Umbral de la vieja idea de la «vida de la fama», ni de la salvación por el canto o la palabra, de tanto arraigo en la Antigüedad clásica. Se trata de que el escritor trabaja con el idioma y este es el resultado de una acumulación de siglos, como señala también nuestro texto:

«Toda la torrentera de una lengua ha pasado a través de mí, con sus clásicos, sus primitivos, sus anónimos y sus poetas. Trabajar en literatura es trabajar en un molino inmortal. (...) trabajo en el idioma y el idioma trabaja en mí. No es una ilusión de eternidad, sino, más sencillamente, un compromiso con la continuidad» (p. 129).

Por eso se ha podido escribir de Umbral que es «el último [escritor] que acertó a pasar por este valle de lágrimas nimbado de literatura, naufragado y envuelto en literatura, confundido con la misma literatura, esa anegadora nube de buena disciplina. (...) Los escritores que vivieron literariamente y que identificaron la vida y la literatura han pasado ya a la historia, los últimos fueron Valle-Inclán, Manolo Machado y Ramón Gómez de la Serna, y el último que nos queda es Paco...» (3).

Es otra manera de hablar del «escritor perpetuo», el que lo es siempre y en cualquier circunstancia, «incluso cuando no escribe: sobre todo cuando no escribe», como señala el propio Umbral (4) en una afirmación que parece paradójica pero no lo es: según he avanzado, el escritor se afirma —vive— escribiendo y su visión literaria, la visión de su escritura, no lo abandona nunca (5). A juzgar por ciertos síntomas, esta clase de escritor no está de moda y nuestro autor es una especie de superviviente de edades más literarias. Puede que sea así, pero que conste: es un elogio, no un reproche.

Tensión literaria del estilo

Umbral ha cultivado todos los géneros narrativos: cuento, novela, memorias, autobiografía, que a menudo ha mezclado. Se ha asomado también a la poesía. Ha escrito diarios, libros de ensayos. Ha hecho crítica literaria en libro y en periódicos y revistas: crítica aguda, renovadora y polémica. Ha elaborado diccionarios azarosos y necesarios para atender al habla de la calle. Ha sido, es, uno de los grandes columnistas de este siglo. Ha practicado la entrevista literaria y el reportaje literario (que no deben confundirse ni con la entrevista ni con el reportaje a secas). En todos estos géneros Umbral ha sido siempre fiel a esa actitud y a esa óptica de escritor. Su obra periodística jamás abdica de la tensión literaria del estilo. Heredero legítimo de Azorín, Eugenio d'Ors y César González-Ruano (pero también de Ortega y de Unamuno), su colaboración en la prensa nunca ha desembocado en la devaluación expresiva, ni siquiera en el abandono de una visión específica del mundo, pese a las hipotecas que las exigencias del medio hayan podido imponerle.

No pierden, en efecto, esos artículos el tempo literario, la cohesión íntima de expresión y visión que les dio vida. Fingido costumbrista, cronista de la actualidad social, anotador lírico de situaciones y personajes, analista de la vida política, por citar diversas etapas de su quehacer como escritor de periódico, Umbral ha sido en todas ellas el estilista impecable, el creador de lenguaje, el inventor verbal, el artífice sin tregua de la palabra, sin que esta dedicación haya obturado su dedicación a la literatura más genuina. En esos artículos, como en muchas de sus novelas y en sus libros memoriales, el escritor ha construido una figuración de sí mismo, una figuración refractada: un personaje baudeleriano, cáustico, humorístico, tierno, algo dandy, burlón, ubicuo, ucrónico, que dialoga lo mismo con Valle-Inclán que con Lope de Vega, con Baudelaire y con Breton, con Quevedo y con Gómez de la Serna. Estas ucronías no son gratuitas, no son azarosas, pues estos artículos tejen un entramado de voces y personas que dicen la crónica literaria del siglo. La automitificación es clave para entender los artículos de Umbral, incluso los más directamente políticos que ahora escribe en el diario El Mundo. La escritura se ha impuesto al Umbral personal; se ha superpuesto sobre él y la voz del autor —la voz ínsita al texto— está ya configurada y determinada por el propio personaje.

Literatura es memoria, sí, pero también distancia. Y lo es en todos los sentidos y, naturalmente, en el estilístico. Valga al respecto la significación de la metáfora en la obra de Umbral, que excede el mero lujo estilístico, el cultivo de la inventiva verbal, con ser ya éste de por sí condición suficiente de la literatura. Mortal y rosa ofrece una pequeña poética de la metáfora, que explica cabalmente el alcance del recurso en nuestro autor:

«... en el remolino del horror, cuando sólo eres piedra de dolor y miedo, mineral de espanto, nace, como una flor en la roca, la imaginación, la metáfora, metaforizando sobre la enfermedad, la visión distanciada de uno mismo. Y la distancia es estética. La estética es distancia. ¿El espanto puede dar lirios? Ya lo creo» (pp. 87-88).

Esta dimensión radicalmente literaria explica al escritor perpetuo que es Umbral, haga lo que haga, cultive el género que cultive. Trágico y humorístico, patético e irónico, ensimismado y abierto, lírico y narrativo, plural y diverso, todo remite al cabo a la misma fuente, al mismo hontanar: la palabra trabajada, elaborada, urdida, construida, articulada, plasmada en forma estética. La palabra en la que el escritor vive, para la que vive.

M. G.-P.—CRÍTICO LITERARIO

(1) Francisco Umbral, La escritura perpetua, Madrid, Fundación Mapfre Vida, 1989.

(2) Todas las citas remiten a la primera edición de Mortal y rosa, Barcelona, Destino, 1975. Entre paréntesis y dentro del texto se cita el número de la página.

(3) Camilo José Cela, «Paco», ABC, 2 de febrero de 1995, p. 15.

(4) La escritura perpetua, ed. cit., p. 9.

(5) «El escritor tiene una visión literaria del mundo, tiene un monóculo que nunca se le cae (...). Ser escritor es no acceder al mundo. No pasar jamás más allá del monóculo» (Ibíd., ibíd.).

 
 
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