INSULA Misceláneo. Número 578. Febrero 95
 
 

LUISA COTONER /
LA CARTA QUE GULLÓN SE DEJÓ EN EL TINTERO



Cuando en 1960 Ricardo Gullón publicó en Cuadernos Hispanoamericanos (1) un interesante artículo, en el que vieron la luz una serie de documentos cruzados entre Manuel Machado y Juan Ramón Jiménez desconocidos hasta entonces, estaba sacando a colación uno de los temas más apasionantes y menos trillados —aún hoy— de nuestra literatura finisecular. Me refiero a la reconstrucción crítica de las relaciones, personales y literarias, que entablaron, cuando todavía eran casi unos desconocidos, escritores de tal envergadura.

Esa ventana abierta sobre el paisaje de la poesía modernista revela una imagen nueva que choca con la que se ha ido cincelando, a medida que la crítica y los lectores fueron consagrando a uno como figura incuestionable de la revolución poética finisecular, mientras abandonaba al otro a su mala suerte en el proceloso río del olvido.

Los textos exhumados (2) por el hispanista astorgano abrieron la brecha por la que los curiosos pudimos colarnos de rondón en un entramado literario cuya relación de fuerzas era muy otra. Sin embargo, poco podía imaginar cuando me acerqué a ellos por primera vez que, andando los años, en ese legajo me encontraría con sorpresas tales como que había más cartas y que algún manuscrito no había sido reproducido en su totalidad. Pero vayamos por partes.

La correspondencia que el mayor de los Machado remitió a Jiménez y los demás escritos publicados revelan, como indica el especialista en modernismo, el afecto y la amistad que ambos escritores se profesaron (3), pero también que por aquel entonces Manuel Machado miraba por encima del hombro al andaluz universal.

En esas nueve cartas aportadas por el hispanista puede percibirse cómo la relación de cordialidad —afectuosa, si se quiere—, de colegas empeñados en una misma empresa literaria, va haciéndose más frecuente, pero en modo alguno podemos entender que llegaron a intimar.

Una carta en el tintero

Este extremo pude confirmarlo gracias al descubrimiento, entre otras, en septiembre de 1992, de una carta, en mi opinión la más interesante y desde luego la más larga de las intercambiadas entre Manuel Machado y Juan Ramón Jiménez. Sorprende que don Ricardo Gullón se la dejara en el tintero.

La carta en cuestión, hoy ordenada junto a los otros documentos en la carpeta correspondiente a Manuel Machado, está escrita en papel timbrado con una violeta en el margen superior derecho, como el logotipo de la Revista Ibérica, lo mismo que todas las que datan de 1902 y 1903, y dice así (4):

Sr. Dn. Juan R. Jiménez (5).
Compañero muy querido:
Su carta de V. me fue gratisima. Por eso he tardado en contestarla. Hubiera querido responder con otra tan llena de amistad y de bondades como la de Vd. yo en el colmo de la alegría porque mi artículo le haya gustado, y mas que nada porque haya servido para consolidar nuestra amistad, no sabía, en verdad, como decirselo.
Sí; todo el mérito de aquellas líneas está en la sinceridad de la simpatía, en el cariño con que las escribí. Lo demás no vale nada y me propongo hacer algo mas serio y mas fino en un trabajo sobre los poetas actuales españoles que me piden de París y que emprenderé cuando me encuentre allí.
Mi viaje se ha remitido a la próxima semana. Tengo pues aún ocho días de Madrid y aprovecharé alguno pa[ra] ir a verle.
Pero..., si V. supiera que pena me da el hallarlo recluido en aquella casa... Perdone Vd. a un nuevo amigo que sin conocerle apenas se entrometa en estas intimidades. Mucho debe V. haber sufrido para llegar a tanta Renunciación otra vez obligado a reconocer esas penas en las que yo no quería creer por animarlo a Vd. más que por dureza de corazón... Pero, así y todo, no han de bastar las heridas de la primera escaramuza para sacarnos del todo de la lucha, cuando quedaren incólumes en V. la juventud y el talento. Sé que no simpatiza V. con las imágenes belicosas. Yo, aunque las empleo en este momento, me río también de ellas. Un ideal strugleforlifista, la vida por la vida, no vale la pena. Estamos conformes. Pero el problema no es, yo creo, el de aislarse materialmente, sino moralmente, sin abandonar el campo o el espectáculo, como V. prefiera. Por lo demás el aislador va siempre con nosotros que nos envuelve como una coraza. Estamos solos, cuando queremos, en medio de todos, con los ojos solamente abiertos a lo de fuera y los oídos puestos a lo interior. Una gran debilidad es fuerza; se nos hace plaza y se anda [?] alrededor nuestro con cuidado como ante las mujeres y los bibelots de cristal o de china. Crealo V. amigo Juan, vale la pena de ser un poeta en medio de estos barbaros que luchan por la vida. Sobre que lo nuestro no será nunca de ellos.
Vuelvo a pedir a Vd. perdón por mezclarme en estos asuntos de su vida. Vd. sabe mejor que nadie lo que tiene que hacer y en todo caso lo principal es que siga Vd. escribiendo cosas tan bonitas, Digame Vd. si prepara algo. Yo tambien le tendré al corriente de mis proyectos literarios. Estoy, sin embargo, en una epoca de esterilidad. No cuento cojer la pluma hasta que salga de España. Le escribiré y espero que V. me escribirá.
He remitido a Antonio el libro que Vd. me envió para él.
Todavía puedo recibir noticias de Vd. en Madrid durante seis ú ocho días. Y antes de irme le veré.
De V. afectisimo.
MMachado
12-Abril-902.

Lo primero que hay que anotar es que esta carta es anterior a las publicadas en el artículo del año sesenta. Según se desprende de la cronología ordenada por Gullón, la primera carta, fechada sin más en 902, está escrita desde París. Machado había vuelto allí después de una breve gira por Londres y por Bélgica (6). En cambio, la que nos ocupa está escrita todavía en Madrid, de donde, según lo apuntado por el poeta, debió salir unos seis u ocho días después. Curiosamente, la de París es mucho más breve, distante y protocolaria que esta primera.

Reordenación cronológica

La reconstrucción de aquella relación incipiente en los primeros años del siglo, pasaría por reordenar cronológicamente no sólo las cartas sino los otros testimonios textuales que llegaron hasta nosotros a través de Gullón. En ese sentido, el primer texto relevante es un poema de Ninfeas (1900), titulado «Tropical», que Juan Ramón dedica a Manuel Machado. Composición a todas luces subsidiaria de las lucubraciones faunescas de Mallarmé (7) y de la atmósfera que flota en ciertos poemas machadianos, como «Antífona» u «Oriente», que corrían manuscritos entre los modernistas aun antes de aparecer en Electra. Téngase en cuenta que por aquel entonces el mayor de los Machado estaba ya ungido por las esencias de su primera estancia en París, en 1900, que determinó el giro copernicano hacia la modernidad que a partir de ese momento adoptó su lírica (8). Juan Ramón Jiménez, en cambio, era un recién llegado, deslumbrado aún por el hecho de que Francisco Villaespesa y Rubén Darío le hubieran invitado a sumarse al grupo de los «elegidos».

A ese primer homenaje del poeta novel a otro más famoso, debió de seguir un primer encuentro personal del que quizá surgiera el despectivo comentario de Machado sobre Juan Ramón: Para algunos es un simple neurasténico. Yo creo que es un simple simplement-e (9). Lo recogen Gullón (10) y Brotherston (11), aunque este último lo fecha mal, remitiéndolo a 1902. El malicioso juicio machadiano está en la misma onda que aquel otro sacado a colación por Rafael Cansinos: —Bah! —repuso Machado— aprensiones... algo de neurastenia... con la vida que podría darse!... En Francia... en París y con dinero... Pero él no sale de los Sanatorios... pose! a cada cual le da por una cosa... (12), del que se desprende que el sevillano no se tomaba en serio las dolencias de la criatura afortunada.

Sin embargo, las Rimas de Juan Ramón Jiménez hicieron que rectificara públicamente su opinión mediante el artículo al que se hace referencia en la carta. Se trata de una reseña que Machado publicó en El País a comienzos de 1902 (13). De este texto se deduce que el joven poeta se ganó la simpatía del sevillano con aquellas páginas llenas de elegante sentimentalismo. A partir de ahí, enfoca las manías del poeta desde una perspectiva distinta. Acepta su «neurastenia» como marca de genio poético, «divina enfermedad, que consiste en tener el alma á flor de piel», esgrimida por los modernistas contra los «anti» (14), como preciado don de Apolo.

A la recepción crítica machadiana debió de suceder una carta de agradecimiento del autor de los poemas que da pie a la que ahora publicamos, pero que, desgraciadamente, tampoco ha llegado hasta nosotros (15). Su carta me fue gratísima, escribe Machado, que ha visto abierta la puerta de la reconciliación, y se brinda a incluir a Jiménez en el círculo «oficial» de los modernistas, prometiendo ocuparse de su obra en el trabajo sobre los poetas actuales españoles que debe escribir en cuanto llegue a París.

La actitud de admiración y respeto, patente en la recensión, por la obra poética que comienza a perfilarse es la misma que transpira la carta, pero el tono de esta última —animado quizá por la respuesta de Jiménez— se ha hecho más atrevidamente íntimo. Machado se duele, ahora en serio, de verle recluido en aquella casa, (...) obligado a reconocer esas penas —recalca—, sintiéndose revestido de cierta autoridad moral de «hermano mayor», para dispensarle algunos consejos para gozar de la vida. En ellos están plasmadas algunas de las claves fundamentales de la idiosincrasia del poeta de «Adelfos». La principal, salvaguardar la dualidad de perspectivas que debe permitir al hombre y al poeta dolerse en la contemplación ensimismada, pero participar también activamente en el espectáculo abigarrado y variopinto que brinda la calle.

Quizá esa decidida intromisión en la intimidad juanramoniana por parte de Machado no fuera del agrado del autor de Arias tristes, cosa que parece deducirse del cambio de tono manifestado en la primera carta de la serie aportada por Gullón, un texto mucho más protocolario y frío. Entre la carta del 12 de abril y la escrita desde París, debió de producirse con toda certeza la respuesta de Jiménez: Hace pocos días me ha parvenido [sic] una carta de Ud. (16). El renovado distanciamiento que se percibe en la de Machado puede inducirnos a aventurar que Juan Ramón había optado por hacerle guardar las distancias.

Sin embargo, aquella dualidad vital planteada por Machado fue recogida y plasmada de manera magistral por el de Moguer en la semblanza escrita después de la publicación de Caprichos, en 1905, bajo el significativo título «Alma y Capricho [sic] de Manuel Machado» (17). La vertiente interior volcada hacia la voz poética íntima, resguardada así de la tropa de bárbaros; la vertiente exterior —caprichosa y heterogénea—, volcada hacia el disfrute del placer instantáneo. Sensación frente a contemplación doliente. Intensidad frente a lenta renuncia. Dos actitudes que Machado hizo compatibles durante toda la vida. Dos actitudes que, en cambio, resultaban irreconciliables para Juan Ramón.

Reinterpretación

A esa luz creo también que debe ser reinterpretado el integrante texto de la «Autocrítica. Carta al poeta Juan R. Jiménez» (18), difundida a raíz de la publicación de El Mal Poema (1909). En ella, Machado no se disculpa ante él, como parece apuntar, extrañándose de ese gesto, Ricardo Gullón (19). Bien al contrario, es la misma declaración de principios, hecha ahora pública por el artista bohemio desde la nueva y sólida posición social que le otorgan su matrimonio y su próxima entrada en el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios.

Esta «carta abierta» podría ser aceptada como un texto cariñoso a condición de pasar por alto sus venenosas puntualizaciones. Ahí, el autor de El Mal Poema deja bien sentado su concepto de poesía, según el cual, y al amparo de Baudelaire, Poe, Heine, Verlaine, o de nuestro Bécquer, reinvindica la poesía que más adelante llamarán impura. La que canta todo lo que de veras nos impresiona, lo bueno y lo malo, porque la poesía debe nutrirse de experiencia vital y no todos son dueños de elegir sus espectáculos... Implícitamente está diciéndole que no es lo mismo tener que arrostrar, para sobrevivir, la tragedia ridícula de la bohemia que poder contemplar el espectáculo desde la pulcra habitación de un sanatorio o desde el dorado retiro de Moguer.

Tú, beato, tú, dichoso desde tu rincón florido, lejos del ruido mundanal, despójate de la última pasión (la de odiarlas todas), para leer esos versos... (20), le pide con palabras a las que no puedo por menos de presuponer un finísimo tono irónico. Por eso le sigue aconsejando —como en la carta que ha dado pie a este comentario y en aquella lejana crítica de Rimas— que se lance a vivir de una vez por todas: Cuando hayas vivido, cuando hayas gozado, y más sufrido, placeres y penas reales, no estarás mucho más adelantado que ahora. // Pero preciso es que así sea, so pena de convertirse en una figura de paisaje (21).

No sabemos cuál fue la reacción del retraído a un libro tan provocadoramente impúdico como El Mal Poema. Lo que está claro es que este segundo paso de Manuel Machado al divulgar su «Autocrítica», no significa que el poeta esté desmarcándose de su obra. Al contrario, es la reafirmación del poeta que sigue reivindicando la experiencia vital como maestra de la auténtica poesía, según la autoridad que le otorgan los aventureros del ideal a través de las pasiones amargas y de la vida rota (22). Es, de nuevo, el «hermano mayor» animando al todavía tímido Jiménez a que se comprometa más con la vida.

Aquellos primeros escritos intercambiados entre ambos poetas ponen de manifiesto, con la sinceridad propia de la juventud, una concepción vital básicamente divergente, que sucesivas vicisitudes se encargarían de ahondar, mucho antes de que se produjera la tragedia civil que asoló España.

Y, sin embargo, el hallazgo, también en Río Piedras y en el mismo legajo de papeles, del borrador autógrafo (23) de Juan Ramón en el que valora la obra poética del sevillano, me deparó otra sorpresa, que demuestra que el respeto y la estima que se profesaron fueron también capaces de ir más allá de la funesta contienda fratricida.

Ricardo Gullón, pese a que había reproducido casi todo aquel apunte (24), había dejado de transcribir, mediante un lacónico continúa ilegible, las últimas líneas (25). Precisamente las que mejor expresan la sutileza crítica y la generosidad del poeta de Moguer frente al árbol caído, del que no perdían ocasión de hacer leña la casi totalidad de los poetas exiliados. El párrafo final, completo, dice así: M[anuel] M[achado] quedará en la historia de la poesía del 19 como lo que es. Un poeta fino, delicado, gracioso, penetrante, caprichoso e inquieto, un andaluz [a lo?] [de?] París. Y el tiempo también compensará, se encargará de borrar los poemas de la guerra (26).

L. C. —FACULTAD DE TRADUCCIÓN E INTERPRETACIÓNDE OSONA. E.U.V. VIC (BARCELONA)

(1)  Ricardo Gullón, «Relaciones amistosas y literarias entre Juan Ramón Jiménez y Manuel Machado», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 128-129, agosto-septiembre 1960, pp. 115-139. Luego recogido con modificaciones en Direcciones del Modernismo, Madrid, Gredos, 1963, aunque ahí no se publican las fuentes documentales.

(2)  Se trata del borrador autógrafo de un artículo de Jiménez sobre la poesía de Manuel Machado; nueve cartas de éste dirigidas al de Moguer, fechadas entre 1902 y 1917; dos poemas de Juan Ramón dedicados al sevillano; la crítica con que este último saludó la aparición de Rimas en 1902; la famosa «Autocrítica (Carta abierta al poeta Juan R. Jiménez)», escrita con motivo de la aparición de El Mal Poema, y dos sueltos, recogidos después en Día por día de mi calendario, en los que Machado reseña elogiosamente los libros de Juan Ramón Poesías escogidas y Eternidades (1918).

(3)  Para Gullón, «constituye uno de los más notables ejemplos de amistades literarias», art. cit., p. 126.

(4)  He procurado respetar escrupulosamente la ortografía y la puntuación del autor, pese a que no se ajuste en mucho casos a la normativa actual. Los subrayados pertenecen asimismo al documento original.

(5)  La publicación de este documento ha sido debidamente autorizada por «Herederos de Juan Ramón Jiménez», en cumplimiento de las normas de la «Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez» de la Universidad de Puerto Rico.

(6)  Este segundo viaje a París parece que también lo realizó en compañía de su hermano Antonio, aunque no vivieron juntos y este último regresara antes a Madrid, según el testimonio de Joaquín Machado recogido por Brotherston (Manuel Machado, Madrid, Taurus, 1976, p. 35, n. 1). Manuel se instaló en el boulevard des Batignoles y fue, según sus propias palabras, uno de los «terribles españoles» descritos en El amor y la muerte [(Capítulos de novela), Madrid, Imprenta Helénica, 1913]. Desde allí viajó a Londres y Bélgica. Su amigo Rafael Calvo dijo en una entrevista que él había invitado a Machado y corrido con todos sus gastos. (Vid. Ínsula, núm. 236-237, p. 8).

(7)  He aquí una de las estrofas: «Y despierta la niña...; su cuerpo arde / en el soñado espasmo de un Himeneo, / á el ósculo suave de la azul tarde / extenuado prosigue su balanceo...»

(8)  Su primera estancia en París se prolongó desde marzo de 1899 hasta finales de 1900. Empleado en Garnier-Frères, vivió primero en el Hôtel Medicis, rue Monsieur-le-Prince; después, en el 29 del Faubourg Montmartre, en casa de Gómez Carrillo, con Rubén Darío y con Amado Nervo. Al final, se instaló en el Hôtel Vauginard, en la calle del mismo nombre, frente a los jardines del Luxemburgo, donde escribió gran parte de los poemas de Alma.

(9)  La frase, que figura firmada por Manuel Machado y con una aclaración entre paréntesis en la que se lee: «(Libelo, 1901)», se conserva mecanografiada dos veces en sendos folios, uno con anotaciones manuscritas del propio Jiménez, en la «Sala Zenobia-Juan Ramón» de la Universidad de Puerto Rico.

(10)  Gullón, art. cit. p. 119.

(11)  Gordon Brotherston, op. cit., p. 40, n. 13.

(12)  Rafael Cansinos-Asséns, «Juan Ramón Jiménez», Ars, El Salvador (abril-diciembre, 1954) (recogido luego por Ricardo Gullón en El Modernismo visto por los modernistas, Barcelona, Labor, 1980, pp. 292-301). Mucho antes de esta semblanza había hecho otra recogiendo «este miedo del mundo y de la vida», que todos notaban, en el retrato del poeta publicado en La nueva literatura. I. Los Hermes, Madrid, Ed. Páez, 1925, 2.ª ed., p. 163.

(13) M. Machado, «De Literatura: Rimas. —Colección de poesías por Juan R. Jiménez, Madrid, 1902», El País, 3 de abril de 1902, recogida después en Renacimiento, marzo de 1907, pp. 369-370.

(14) Para una panorama general sobre esa polémica de principios de siglo, puede verse el excelente artículo de Martínez Cachero, «Reacciones antimodernistas en la España de fin de siglo», en Actas del Congreso Internacional sobre el Modernismo español e Hispanoamericano y sus raíces andaluzas y cordobesas (1985), Córdoba, Diputación Provincial, 1987, pp. 125-141.

(15)  Del expolio que ha sufrido el Archivo Manuel Machado de Burgos se duele, y con mucha razón, Pablo González Alonso en el prólogo de su libro Cartas a los Machado, Diputación de Sevilla, 1981.

(16)  Gullón, art. cit., p. 127.

(17)  Juan Ramón Jiménez: «Alma y Capricho de Manuel Machado», en La corriente infinita, Madrid, Aguilar, 1961, pp. 39-44. También en Libros de prosa, 1, Primeras prosas, «Críticas» 1907-1913, Madrid, Aguilar, 1969. Recuerdo al respecto que el primer libro modernista del sevillano se tituló Alma (1902?)

(18)  Recogida después en Manuel Machado, La guerra literaria, Madrid, Imprenta Hispano-Alemana, 1913. Más recientemente publicada en edición de M.ª Pilar Celma Valero y Francisco J. Blasco Pascual, Madrid, Narcea, 1981.

(19)  En el art. cit. leemos: «Machado, mayor, más conocido y más influyente que Juan Ramón, sintiéndose obligado a exponer ante éste (con aire de confesión) las raíces y motivaciones de su poesía» (p. 123).

(20)  M. Machado, «Autocrítica», op. cit., 167.

(21)  Ibíd., p. 168.

(22)  Ibíd., p. 167.

(23)  Este borrador debe de datar de finales de los años cuarenta o principios de los cincuenta, cuando Juan Ramón Jiménez preparaba el curso sobre modernismo.

(24)  Supra, nota 2.

(25)  Gullón, art. cit., p. 125.

(26)  El subrayado indica lo que Gullón no pudo transcribir.

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas