INSULA El fondo machadiano de Burgos. Número 577. Enero 95
 
 

GAETANO CHIAPPINI/
FILOSOFÍA Y POESÍA EN ANTONIO MACHADO



Los Apuntes filosóficos

Desde un punto de vista filosófico, en los Apuntes (seguramente para una «convocatoria» de exámenes para la licenciatura en Filosofía, entre 1915 y 1917 y concretamente para la asignatura de Lógica de Julián Besteiro) Machado organiza una reconstrucción histórico-filosófica de la aplicación del método experimental a la explicación de fenómenos, como conquista principal del siglo XIX y, de hecho, del positivismo, en el surco de Bacon y del método de la concordancia y diferencia de Stuart Mill. Sin revelar sus fuentes (Machado cita a menudo frases sin cerrar las comillas) se exponen las hipótesis atomísticas de la materia inerte de Descartes, Huygens, que repite la antigua de Demócrito y de los epicúreos; hasta la hipótesis de Newton y Leibniz y Kanta-Laplace y a la escuela energética, a los centros de condensación de Thomson, Lebon y a la liberación de la radiactividad. El discurso que Machado refiere considera la superación de la antigua escolástica y hace la reseña de la soluciones históricas: desde el animismo de Platón y Aristóteles a Leibniz y Stahl, vitalismo de la escuela de Montpellier y Barthez, cientificismo organicista de Bichat, y especialmente Claude Bernard, cercano a Kant en su concepción teleológica. El evolucionismo de Darwin y Lamark, la teoría de las catástrofes de Cuvier, la teoría de los formalistas, de Duhem a Poincaré, el realismo con la vuelta a la psicología, paso de la visión ética dieciochesca al empirismo inglés, Locke, Stuart Mill, Fechner y Weber, Wundt, Ribot, Biuet y Höffding... Es un gran esfuerzo de llegar a la averiguación experimental del siglo XIX o a la hipótesis nacida de la experiencia, por inducción y deducción: queda explícita y escueta, de todas formas y sobre todo (digamos, más allá del escepticismo y la fe negativa siempre negados por Machado), una visión ni dogmática ni metafísica, sino de búsqueda y de espera: como si dijera, «Confiamos / que no será verdad / nada de lo que pensamos», que es por supuesto el lema de toda la inquietud machadiana y, al mismo tiempo, su esperanza de que la salvación esté en otro sitio así como la verdad...

Certeza y verdad

La segunda parte del cuaderno de Apuntes insiste sobre el tema central de la lógica, es decir, la certeza y la verdad, justamente, probabilidad, evidencia, ilusión, alucinación y error, juicio, aun en el sentido pura y concretamente verbal además de gnoseológico y moral. Y queda siempre fuera —no lo niega Machado— el misterio del ser, la falta de realidad del empirismo y del pragmatismo, con el riesgo permanente de que la percepción sea alucinación. Cartesio y Leibniz hablan de sustancia como res extensa, pero la duda viene de la resistencia según Maine de Biran, que se demuestra como subjetiva por la psicología experimental. Sin duda, los límites del conocimiento real proporcionado por el simbolismo no los supera el dogmatismo de Spinoza o el optimismo de Newton y Clarke, el «cálculo divino» de Leibniz, y, en suma, ni empirismo, ni racionalismo, ni criticismo divergen de un fenomenismo experimental; aunque sí queda libre para Kant la razón práctica de la conciencia moral y de la voluntad y de la fe. La postura fija y clara, para Machado, es la de Kant de la dialéctica trascendental: las sensaciones aisladas y no las relaciones, las formas a priori de la sensibilidad y las categorías del entendimiento contra el intuicionismo de Cartesio y Leibniz.

Queda abierto, sin embargo, y libre el problema final de la concepción y funcionalidad de la ciencia, como relación entre experiencia y mesura, inducción y deducción: una ciencia fundada sobre el libre examen e inherente a la crítica racional y colectiva. Valor práctico, pues, de la ciencia misma, también con el inmediato fin utilitario; pero sobre todo como valor teórico y reducción unitaria y universalística; como valor ético, dice Machado, porque «la base de la inmoralidad es la ignorancia de lo universal, de las leyes naturales. // Nadie niega el valor práctico de la ciencia. Ahora bien, la ciencia ¿es algo más que un conjunto de medios cómodos para dirigirnos en el universo y actuar sobre él, como opinan los pragmáticos, pero incapaz de hacernos conocer la realidad misma? Este es el problema del conocimiento» (C.1, 1).

Muy interesante, para ver el desarrollo del pensamiento machadiano, un breve apunte del C.7 (140-142) —¿no acabado o perdido?—, entre los años 1913 y 1920, en el cual reafirma Machado el valor de la dialéctica como arribo de antinomia y no síntesis de los contrarios o de los contradictores del «hegelianismo», casi rechazo (también en sentido existencial) de la armonía, como producto artificial y arbitario. Más allá del «escepticismo no metafísico», sin embargo, Machado se conforma con Unamuno: la verdad es esencial y búsqueda perenne como estímulo y condición necesaria de la existencia, impulso vital del espíritu y tensión incansable. En definitiva, el kantismo, con la relación entre conceptos y experiencia, peca por confianza e impide o retrasa el problema del conocimiento, aunque haya confirmado la duda de la incertidumbre del modo fenoménico.

El escepticismo de hoy, para Machado, es lucha entre la crítica profunda del conocimiento científico e impulso hacia la objetividad. Y está por debajo de la acción secreta de la metafísica «tras la bancarrota del hegelianismo», la llamada a los principios primeros con el fin de poner en discusión del dogmatismo científico a todo trance, o, a lo menos, en el ámbito práctico «al servicio de la vida».

La visión metafísica mira hacia el conocimiento de la vida, al problema del ser y de la sustancia, en relación al existir, que va más allá de la pura coincidencia del ser con el pensar. Y se pudiera aquí hablar en Machado de ciertos aspectos heideggerianos o incluso cercanos de la actual hermenéutica. En realidad, Machado parece arribar al conocimiento como sentimiento, por tanto, no por conceptos o definiciones, sino como universales o punto de llegada de plúrimas individualidades, hasta el perspectivismo de Ortega y Leibniz.

En C.7 (146-148) aparece una especie de síntesis sobre dos pensadores importantes en su recíproco choque entre misticismo y lógica: Bertrand Russel y Bergson. El rechazo y la condena —en palabras de Russell— de parte de Bergson de cualquier pretendido conocimiento debido a la ciencia y al sentido común y, en cambio, conocimiento adquirido con la intuición y expresado por el lenguaje; siendo la inteligencia puramente práctica como el instinto de los animales y siendo del todo imposible coger e interpretar ciertos datos del mundo. Machado expone los puntos que Russell contrapone a Bergson:

— La inteligencia conoce la lucha por la vida y la evolución, que en realidad se conoce solamente por medio de la experiencia.
— Si se acepta la evolución según Darwin, no solamente la inteligencia sino todas las facultades se han desarrollado por la presión de la utilidad práctica.
— La intuición vale en lo inmediatamente útil para la superviviencia.
— Intuición, pues, e inteligencia se deben a lo útil.
— Es la inteligencia lo que se ha desarrollado aun más allá de lo útil; mucho menos la intuición (el niño más que el adulto, el salvaje más que el hombre civilizado).
— La intuición sirve más que la inteligencia para conocerse a sí mismo pero da una certeza subjetiva y sometida a errores...
— La intuición es un aspecto y un desarrollo del instinto; pero si se modifica el ambiente se pierde la capacidad...
— Lo que da el conocimiento de lo nuevo es sensación, no intuición.

Otras prosas críticas

Este es, según lo que apunta Machado en sus cuadernos, el punto máximo de crisis de la intuición en favor del procedimiento lógico, o relación con el universo del sujeto. Y es importante poder comparar, siempre en estos cuadernos, este resultado con otro aspecto de un último fragmento machadiano (C.5, 10, 13-19, 23, 26-27 y 29), donde resume el poeta el pensamiento de Schopenhauer y Bergson, en una teoría de la relación entre sujeto y objeto a través de las imágenes; sobre este fragmento parece instituirse, en otro tiempo, un fundamento de crítica y de poética, que une, en los años sucesivos (después de 1924, por lo menos), los apuntes filosóficos con las prosas críticas, como sobre el libro Colección de Moreno Villa, mientras que los escritos como Sobre pedagogía (de 1913) y para la revista Idea Nueva de Baeza (de 1915), como ya el Prólogo para Manuel H. Ayuso (de 1914) fundan los elementos éticos de la poesía y de la cultura. Las dos contribuciones principales de Machado y núcleos centrales de su obra, según los modelos esenciales de toda su vida en el signo de una poética integral, se sostienen recíprocamente; y parece tener poco sentido toda moción ulterior de exclusión de la poesía machadiana de su tercera fase en la zona de las Nuevas canciones, vuelta a las Soledades como producción inmune del trabajo entre poesía y no poesía... Como si no hubiera obrado Antonio Machado siempre en la dirección puesta en evidencia en el famoso escrito de 1904 (¡ojo a la fecha!...) sobre Arias tristes de Juan Ramón (vuelto a meditar en CLII de Campos de Castilla...).

El sujeto está en el centro de la relación —y será un sujeto francamente humano, como la poesía— con el universo, por medio de una tipología y legislación de las imágenes, que también le engloban a él mismo. Nuestra representación es la medida posible de nuestra acción sobre los cuerpos, siendo eliminadas las necesidades y las funciones más generales.

La intuición no separa del flujo por medio de la duración, más allá del ritmo de la necesidad. La materia es sometida a sacudimientos, pero cada instante y cada objeto discontinuo, percibido en la experiencia, abstraída la movilidad, es un acto único, puro y desenvuelto y separado de la percepción exterior de las exigencias de la vida. Con el restablecimiento de la conciencia se verifica como una condensación que unifica repeticiones y cambios elementales. Es la abstracción del movimiento, que está en todas las partes, pero que nosotros localizamos en superficie: son cuerpos estables en las cualidades y móviles en las posturas; el cambio de lugar obra delante de nuestros ojos la transformación universal.

El acto final, pues, añade algo al universo y a su historia: es la certidumbre del sujeto que se sustituye a su propia funcionalidad especular y representación del cosmos.

El objeto —el universo— pasa a ser como un espejo donde se refleja mi acción posible sobre él. Que va a terminar siempre en sí mismo. Como si dijéramos, «el gran ojo que todo lo ve al verse a sí mismo» (de CLXVII); pero ya antes, en estos mismos cuadernos (C.5/1, 8):

Mirando al campo de la tierra mía
pensaba que era un espejo.

Ya noto al paso que me torno viejo,
que en el inmenso espejo,
donde orgulloso me miraba un día,
que era el azogue lo que yo ponía.

(CXXXVI, xlix, 1913)

Quiere decir Machado: Me siento a mí mismo, pues, y siento el universo: de la reflexión filosófica a la poesía y viceversa. Si hiciera falta otra prueba...

En el fondo, la inteligencia de la razón parece siempre impotente para ciertas necesidades prácticas: vivir y conocer no llegan nunca a la armonización recíproca: ¿el conocer se limita, con Boutroux, a las formas contingentes? o, con Blondel, se satura en mi acción inminente, de nosotros al tiempo. La conciencia y la vida se cambian discontinuidad y duración, y mi presente es mi actitud frente al porvenir inmediato... ¿es todo? Quizá el problema se revele dramático y tenga una solución propia tan sólo en la última zona machadiana, más allá del cinismo o de la indiferencia de los pueblos, en la comprometida misión de la guerra...

Aquí la reflexión termina.

Hacia una definición de la poesía

En otro sector son fundamentales las páginas, atormentadas e insistidas, sobre la obra Colección de Moreno Villa, hasta el punto de volver Machado a ellas en Los complementarios (196r-207r) y con el título Reflexiones sobre la lírica (edic. Espasa Calpe, vol. 3, pp. 1649-1662, publicado en Revista de Occidente, III, XXIV, junio de 1925, pp. 359-377) como respuesta a la Deshumanización del arte de Ortega, ejemplo sobre la obra, justamente, de Moreno Villa.

Aquí aparece (C.3/1, 40-58) la definición de poesía como «expresión integral por la palabra de lo humano en el tiempo», como actividad espontánea y como reflexión anticipada sobre el canto y motivo lírico, casi una lírica de segundo grado. De los objetos no extrae el poeta emociones sino conceptos para ordenar y estructurar emociones, es decir, según el uso lógico de las imágenes. Las cuales tienen dos zonas en la poesía: expresión de conceptos de valor, justamente, lógico, e intuiciones de valor emotivo. Los simbolistas, y aquí Machado formula el nombre de Verlaine, habían limitado o rechazado el uso lógico contra el «adjetivo definidor» homérico, que es casi núcleo de la convención universal, tajante y propio en el tiempo y en el espacio para reconocer el sustantivo. La polémica de Machado con la lírica áfona de su tiempo nace por el hecho de encontrar en ella una simple función combinatoria de imágenes reducidas a conceptos tout court, sin la emoción de las cosas a través de la desubjetivación del lenguaje. Y entonces las imágenes pierden su valor homogeneizador y analítico de las intuiciones como duración, de hecho, o continuidad más allá del flujo heraclitano, y su singularidad como concreto filtro y expresión del universo.

La poesía, para Machado, viene a ser la relación histórica entre el movimiento o flujo de las imágenes líricas anclado a la «tierra firme de las imágenes lógicas». En este sentido la rima es un mero signo de memoria, como elemento unificador del sonido-sensación y el recuerdo, la emoción del tiempo. Y el valor de la poesía supera el equilibrio entre intuición y concepto; como una contemplación y creación de objetos junto con otros sujetos, de los cuales el poeta es la estructura espiritual a través de la palabra, como moneda de curso, punto de convergencia del «múltiple sujeto». Y el arte se hace entonces actividad integral, «totalmente humana» como reconoce Machado en Gerardo Diego (en la carta del 16 de octubre de 1920) o en Pérez de Ayala. Allí, es la emoción de la idea, «el amor a la idea», el «divino temblor, del alma, cuando trepa de idea en idea, hasta la no¢hsiV platónica, alllí donde la inteligencia pretende anclar en lo absoluto» (C.7, 186). Naturalmente, la poesía se califica en el momento trascendental en que el sujeto y el objeto se superan mutuamente, justamente en lo absoluto. Según la poética integral machadiana.

G. C.—UNIVERSITÀ DI FIRENZE

 
 
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