INSULA La voz que nos lleva. Vicente Aleixandre (1984-1994). Número 576. Diciembre 94
 
 

PERE GIMFERRER/
PERFIL DE VICENTE ALEIXANDRE (*)



Veintiún [años] tenía yo solamente cuando llamé por primera vez, traspuesta la verja en el cristal nítido de la tarde callada y verde, al número 3 de la calle de Velintonia. Me hallaba en Madrid en un viaje imprevisto, a causa de la recompensa otorgada a mi libro Arde el mar (...). El llegar a conocer a Vicente Aleixandre personalmente no encerraba en rigor ninguna posibilidad de sorpresa: llevábamos año y medio de correspondencia asidua, sabíamos incluso del timbre de nuestras voces al teléfono. Entré en Velintonia como quien entra en un paraje conocido; desde su estatura y el chispear de pedernal claro y firme de su pupila azul me recibió Vicente. ¿Tenía, o sólo me pareció vérselo, un notable parecido con Góngora, del mismo modo que, al correr los años, se me antojó que iba recordándome a Jorge Guillén? Todos los poetas, al cabo, tal vez sean el mismo poeta. El recinto, con todo, era mágico: pronto supe dónde solía sentarse Federico García Lorca, y dónde Luis Cernuda, y dónde Pablo Neruda. La voz de Vicente, expresiva, tan pronto salmodiaba recuerdos como se volvía enérgicamente hacia el acontecer actual: inigualable amigo de sus amigos, en la conversación tenía un lugar para todos. Por todos preguntaba; de todos hablaba; por todos vivía y en todos se reconocía. Supe pronto cuán verdad era, y no fórmula de retórico recibo, aquel título suyo: «El poeta canta por todos». (Curioso que nadie haya acertado a relacionarlo con aquella afirmación enigmática de Ducasse, cuando quiso dejar de llamarse Lautréamont: «La poesía debe ser hecha por todos. No por uno». Está fuera de duda que Vicente, lector de Lautréamont y fascinado por su misterio, conoció este texto y reflexionó acerca de su posible sentido, pues lo que en él se enuncia es ni más ni menos que una de las claves de bóveda de la lírica moderna, a la que, cada uno a su modo, todos los poetas procuramos ajustar la modulación de la propia voz.)

Rápidamente, aquel primer día, me familiaricé con la biblioteca: supe el rincón de Stendhal, el de Balzac, el de las primeras ediciones de Foix. Casualmente, habíale llegado aquella misma mañana a Vicente por correo un documento clandestino: se trataba de un poema político en catalán, impreso y difundido por su autor, de no mucho vuelo literario por cierto. No se le ocultaba a Vicente este último y notable detalle; pero, ante la luz acristalada que se abría al jardín, me pidió que le leyera aquel texto en voz alta, y no por otra razón que por oír hablar en catalán. Nótese que por aquel entonces yo no había escrito sino en castellano. Le leí, pues, a Vicente lo mejor que supe el poema: de mi catalán, si no se me pide otra cosa que fonética barcelonesa, podía y puedo responder; no, en cambio, según sin duda se echa de ver ahora mismo, de mis facultades declamatorias, y menos aún en escrito que no podía tener mi adhesión literaria. Pero, en la paz de verdores transverberados de Velintonia, las palabras de una lengua de siglos sonaron, graves y nobles, como una campana que nos recordase que somos tan sólo efímeros depositarios de una tradición común, cristalizaciones o corporeidades momentáneas de la expresión verbal del hombre.

Al año siguiente, y por la misma época —al filo del mes desnudo y puro de diciembre, disperso en tajos y trazos de claridad por las arboledas del Parque Metropolitano—, viajé de nuevo a Madrid (...).

A un tiempo de Barcelona y de Madrid hablé aquel día con Vicente; por igual le interesaban los estudios, la lectura, la escritura, las amistades, la vida sentimental o las aspiraciones profesionales de cuantos a él acudíamos; para cada caso de la vida cotidiana, como para cada línea de cada poema, tenía una opinión atinada, un consejo oportuno. Prueba suprema de benevolencia: incluso en las no escasas y no fútiles ocasiones en las que no nos ateníamos a su parecer, hallaba, en una finta de abnegada elegancia, el modo de elogiar aquella decisión nuestra, de aquilatarla, de descubrirle excelencias ocultas, casi como diciendo implícitamente que valía tanto como la que él nos sugirió; y, aceptada sin reservas, trataba de situarse en nuestro propio punto de vista, para orientarnos, precisamente desde él, de modo que las consecuencias de aquella decisión —que no tardábamos en olvidar que él no había compartido inicialmente— fuesen para nosotros las más favorables que las circunstancias permitiesen.

Así era Vicente en 1966, en 1967: así el Vicente irrepetible de los años en que la salud le asistía, aquella «mala salud de hierro» acerca de la que él mismo ironizaba a veces, y que no era sino voluntad, realmente férrea, de sustraerse a la semiconvalecencia perpetua que le imponían las secuelas del grave quebranto físico que sufriera en su juventud. Así el Vicente que podríamos llamar intemporal, instalado en la fragilidad, paseando por el jardín envuelto en su capa española o tumbado por las tardes en un diván de reposo: una imagen que, por derecho propio, pertenece a la galería de mitos literarios de nuestro tiempo tan legítimamente como la del asmático Proust emborronando cuartillas en una habitación insonorizada. Eso sí: Vicente nos mira, sonríe, hace ademán de saludarnos con la mano, Vicente nos habla, Vicente nos acompaña hasta la puerta, Vicente nos despide, nos ve alejarnos desde el umbral, por el jardín, por la calleja quieta, bajo el cielo oscurecido y mate con una luz de perla gris. La bondad de Vicente no nos deja.

Pasaron diez años. Llevaba yo algún tiempo sin hacer a Madrid sino viajes rápidos y espaciados, en los que no siempre tenía oportunidad de acercarme a saludar a Vicente. Había llegado, empero, a verlo no mucho antes de que obtuviera el premio Nobel: era aún el mismo Vicente, sin más novedad que una moderada prudencia financiera, en aquellos tiempos ya difíciles para un rentista, que le llevó a hablarme por primera y única vez de la posibilidad de desprenderse algún día de su casa de Velintonia. No hubo, afortunadamente, necesidad alguna de recurrir a tal expediente cautelar una vez obtenido el premio, y, para bien de todos, espero y deseo que la casa de Vicente se mantenga siempre, como en vida del poeta y como ahora mismo, a título de perpetuado monumento incólume a un gran escritor y a su generación, del mismo modo que el carmen granadino de Manuel de Falla, para instrucción, ejemplo y goce de las generaciones futuras. Hago, por si algún día llegase a ser necesario, público llamamiento desde aquí en tal sentido a todos los amigos de Vicente y de la literatura y a las instancias públicas y privadas pertinentes para que así sea: es una responsabilidad que hemos contraído, es algo que a nosotros mismos nos debemos.

La adjudicación del Nobel coincidió, preciso es decirlo, con el inicio de un grave declive físico de Vicente. 1977 es el último año en que nuestra correspondencia mantiene el ritmo frecuente que la caracterizó desde sus inicios; a partir de entonces, las cartas se hacen más esporádicas, para faltar del todo después del verano de 1983, suplidas sólo por la comunicación telefónica, necesariamente menos demorada. Así, cuando en junio de 1978 acudí con mi esposa María Rosa —a quien conoció aquel día— a visitar a Vicente, el escritor llevaba varios meses enfermo. Un querido poeta y amigo común, Jaime Gil de Biedma, me había contado que salió de visitarle en Velintonia con lágrimas en los ojos. Era, en efecto, una novedad dolorosa la que me aguardaba en aquella calle familiar: un Vicente Aleixandre físicamente estigmatizado por la enfermedad y moralmente cercado por aquella súbita traición que el cuerpo había hecho a una mente intacta, alerta, creadora siempre. Nos contó sus largas horas de inmovilidad, en las que le era imposible tanto leer como abstraerse del sufrimiento y se repetía a sí mismo una consigna interior para mantener el ánimo en pie: «Yo soy el dolor». Sí: se reconocía ser —¿y cuándo más altamente poeta que entonces?— porque identificaba su existencia con la del propio padecimiento.

El jardín despedía sus luces calladas; enmudecía el cielo en agua de resplandor; casi sin decir nada, de pie en el vestíbulo, abrazamos a Vicente. «Yo soy el dolor»: ¿no hace pensar eso, al fin y al cabo, en aquella exclamación de tan noble abolengo clásico en castellano, que oímos a don Quijote: «Yo sé quién soy»? ¿No es, en suma, una forma de expresar lo admirablemente enunciado por Spinoza cuando afirma que el esfuerzo de cada cosa por perseverar en su ser constituye la esencia actual de dicha cosa? ¿Es otro, acaso, el sentido de la poesía toda de Vicente Aleixandre? ¿No la resumen estas cuatro palabras dramáticas y esenciales? Aguzado por la adversidad, el verbo de Aleixandre era ejemplarmente fiel a su sentido más profundo.

Mi última visita, en abril de 1982, en el verde claro de luz palaciega de la primavera madrileña, me permitió, por fortuna, recobrar la imagen íntegra de un Aleixandre nuevamente restituido a cierta sanidad. Habíamos acudido María Rosa y yo a visitar al poeta en compañía de Octavio Paz —por primera y última vez tuve la dicha de ver juntos aquel día a mis dos maestros y amigos— y, en atención al visitante, evocaba Vicente, con precisión extrema, recuerdos de conocidos de México, de «Contemporáneos», de cierta reseña de la poesía aleixandrina inicial aparecida antes ahí que en España. Entre tanto, había llegado Jaime Salinas a Velintonia, y se incorporó a la conversación. Habló Vicente de escritores españoles: narró la visita a don Pío Baroja agonizante que ha recordado conmovedoramente en Los encuentros. Pasó luego a Azorín, y fue ocasión para vivir uno de los momentos más emotivos que de mi trato con Vicente Aleixandre me han quedado en la memoria.

Súbitamente, Vicente adquirió aquel brío apasionado y juvenil, aquel nervio y fuego y ansiedad tensa y vigilante, de narrador vivacísimo, de decidor de maravillas, que subyugaban a cuantos escuchábamos sus relatos. Vicente no tenía ya ochenta y cuatro años, Vicente no había estado enfermo nunca: Vicente era la voz sin edad que, desde las páginas de En un vasto dominio, refiere las cabalgadas juveniles de Espronceda. La estancia de Velintonia se convirtió, por el ensalmo de la voz de Vicente, en el escenario de la memoria. Vivimos, con otros detalles, un episodio esbozado en Los encuentros. Había una figura, miniada en el recuerdo, fragilísima: Azorín. Y estaban Vicente y Azorín conversando cuando salía en la plática a colación don Juan Valera. Justamente de don Juan Valera guardaba Azorín cierta carta, que

quería enseñarle a Vicente. Preciso era ir a buscarla; Vicente debía aguardar unos breves instantes. Azorín se alejaba, andando casi de puntillas, más remoto y tenue cada vez, ya al filo de la Historia, quintaesencia de sí mismo. Regresaba luego, siempre con aquel porte afinado hasta las lindes de la inmaterialidad. Todo era límpido y desnudo como una página de prosa de Azorín. La mano de Azorín, casi transparente de puro adelgazada y marfileña, sostenía en alto la carta autógrafa de don Juan Valera. Pero Vicente no acertaba a poner atención en la escritura: más le fascinaba la mano de Azorín al suspender en el aire aquellos caracteres antiguos. Y, de pronto, yo sentí ante Vicente la misma clase de emoción que él sintió ante Azorín: no conseguía Vicente fijarse en la carta de Valera porque más le importaba que fuese Azorín quien se la estaba mostrando; no podía yo atender al recuerdo de Azorín antes que al hecho de que fuera Vicente quien lo evocaba.

Para un compatriota muchísimo más joven, para el hijo de un amigo poeta muerto en el exilio y para un poeta mayor de allende el océano, Vicente transmitía así, con el recuerdo de Valera y el de Azorín, el suyo propio. Formábamos parte de una tradición única: varia, sí, pero a todos común, en la devanadera de la palabra (...). El testimonio de Vicente nos remitía al pasado que nos había elegido por herederos —pues la literatura nos elige, y no nosotros a ella, aunque no siempre sepamos ser dignos de la elección— y nos recordaba así el arduo deber que a sus servidores impone la palabra escrita.

No es sólo ante nuestros contemporáneos ante quienes debemos responder, ni tampoco ante una descarnada e ingrávida abstracción de posteridad, no: se nos juzgará según la medida en que hayamos tenido en cuenta que sucedemos ineluctablemente a Valera, a Azorín, a Vicente Aleixandre. El pasado de la literatura es nuestra posteridad: el juez más estricto, y el más justo también. Habló Vicente del viejo en un poema, y lo comparó a Moisés. El viejo, en la intención de Vicente, era cualquier hombre: él mismo. Abría Moisés el paso hacia un territorio futuro, hasta «lo que verán los otros», y cumplía así su destino en el arenal sediento, vislumbraba el último sentido de su existencia. Pues no hay, no puede haber, en el ministerio de la palabra, solución de continuidad. Con motivo de la muerte de Juan Ramón Jiménez escribió Vicente Aleixandre: «Un eslabón acaba de quebrarse, diríamos. Pero no: el eslabón está ahí; lo que se ha roto es la mano perecedera, la carne que lo forjó.» Y, además, añadía: «La desaparición de un poeta cumplido está llena de armonía y parece tan solemne, necesaria y fecunda como la diaria puesta del sol». Con efecto: a Morsamor sucede Doña Inés, a Doña Inés sucede Diálogos del conocimiento. La literatura se sucede a sí misma.

P. G.—REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

(*) Extracto del discurso leído el 15 de diciembre de 1985, en el acto de la recepción pública de Pere Gimferrer como miembro de la Real Academia Española.

 
 
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