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Para empezar (o, más bien, como cuestión previa), ¿es legítimo hablar de una «literatura leonesa»? O, puesto que se hace, y es, por tanto, legítima o no, una realidad, ¿qué sentido, qué alcance puede tener ese concepto? Tengo ante mí, precisamente, una Historia de la Literatura leonesa (1) del profesor de la Facultad de Letras de la Universidad de León, Francisco Martínez García; pues bien, la primera frase del libro, en la «Presentación» debida al entonces decano de la misma Facultad, Eloy Benito Ruano, esa primera frase es una interrogante: «¿Existe una literatura leonesa?» Y no sólo se lo pregunta el prologuista: «el autor del libro —explica— se formula tal pregunta en la introducción al mismo...». Naturalmente, la respuesta es, moderada y discretamente, positiva; de otro modo el libro mismo no habría podido ser redactado. Y a tal concepto cabe atribuirle sentido (acaso, históricamente, más sentido) con referencia al antiguo reino leonés; pero el autor lo circunscribe, tajantemente, sólo a la moderna provincia de León, según la ordenación vigente desde 1833.
Fuera, pues, la Salamanca de fray Luis, Unamuno y Carmen Martín Gaite; fuera la Palencia de Jorge Manrique y César Arconada; fuera la Zamora del Romancero y de Claudio Rodríguez; en cuanto a Valladolid, claro, desde el conde Ansúrez a Miguel Delibes, no es en modo alguno León, sino «el Norte de Castilla». A mí, como leonés, me queda sin duda nostalgia de los tiempos de Alfonso VII, rey de León y, como tal, emperador de las Españas; pero, como Martínez García, debo avenirme a concebir y aceptar hoy lo leonés reducido a nuestra grande, pero no muy poblada, entrañable provincia.
Y, no hace falta decirlo (¿o sí, e incluso subrayarlo, a la vista de algunas de las pulsiones suicida y patológicamente insolidarias que hoy se dan?), como un capítulo, o más bien un hilo de un trenzado, una veta, una voz siempre presente en la polifonía de la cultura, de la literatura española.
Sería exagerado decir que cuantos «caemos» dentro de lo que hoy, con elusión neofascista, llaman muchos «el Estado español» (y no es el Estado, es el país, los países), que cualquiera de nosotros, incluso Riba o Espriu, Aresti o Cunqueiro, de no ser españoles, no serían, no seríamos nada; pero, ciertamente, seríamos muy poca cosa. Literatura leonesa, pues, dentro, como parte de la literatura española.
La lengua y el ámbito
La incidencia de la lengua empleada, en este contexto, es mínima, pues casi todo lo que tiene algún valor aparece escrito en el español común (de nuevo cabe indicar un uso impropio, si decimos «en castellano»; al menos desde el siglo XV es anacrónico ese nombre de origen, sobre todo en las regiones no bilingües, tan anacrónico como llamar toscano al italiano). De todos modos hay casos en que aparece el «leonés», pero con modesta conciencia de ser habla dialectal: citaría sólo como ejemplo relativamente lejano uno, y muy reciente otro, los Cuentos en diálecto leonés (1907), de Cayetano A. Bardón, hace poco reeditados (2), y los Cuentos del Tajo arriba (1993), de Francisco de Cadenas, conde de Gaviria, donde el leonés se emplea eficaz y discretamente en los diálogos. Pero lo esencial, cuantitativa y cualitativamente, de la literatura leonesa, está escrito en español.
Precisado esto, ¿qué es lo auténticamente leonés: lo escrito por leoneses, aunque sea lejos de sus lugares de origen, y con personajes y temas foráneos, o lo escrito sobre temas, paisajes o tipos leoneses, incluso aunque los autores procedan de otras tierras?
No tiene mucho de novela leonesa (pese a la autenticidad socarrona de ciertos tipos de la Tierra de Campos) el Fray Gerundio del muy leonés (aunque descendiente de asturiano y palentina) padre José F. de Isla; por el contrario, totalmente leonesa (y más concretamente, de la comarca astorgana que le da el título) es La esfinge maragata, de la cántabra Concha Espina, hasta el punto de merecer, muy justamente, y como «invitada de honor», no menos de cinco páginas en la precitada Historia de la Literatura leonesa. Naturalmente, cuando la patria del autor coincide con el tema y los lugares elegidos para su obra (como en El señor de Bembibre del villafranquino Enrique Gil y Carrasco), tenemos el leonesismo óptimo (aunque tampoco faltará aquí quien susurre que el Bierzo, tierra fronteriza, ha sido llamado por algunos «la quinta provincia» o la «Galicia irredenta»).
Hago estas salvedades, con cierta dosis de humor, y sólo a título de ejemplo, porque a cada paso podemos encontrarnos con datos o aspectos dudosos o conflictivos que requieren ser tratados con flexibilidad. Por ejemplo, es bien sabido que el lugar de nacimiento puede ser accidental e irrelevante, como lo fue Zamora para el asturiano Leopoldo Alas, o Roma (y ahí el dato no es anodino, al ser la madre originariamente italiana) para el finalmente madrileño Sánchez Ferlosio. Pues bien, igual ocurre en nuestro caso con Crémer, que nace en Burgos; Fernández Santos, en Madrid, o José María Merino, en La Coruña: es indudable su cualidad de leoneses en lo que más importa: por los contenidos, temperamento, vivencias y valores reflejados en su obra.
Existe, pues, lo leonés, indefinible aunque evidente, y con matices diferenciales en que lo comarcal (del Bierzo al Páramo, de la Maragatería a la Ribera, de la Cepeda a la Montaña, sin olvidar el fuerte carácter de ciudades como Astorga o León, La Bañeza o Ponferrada, Villafranca o Valderas), combinado en muy diversas proporciones con la personalidad individual de cada poeta o narrador, da lugar a una asombrosa variedad de registros y pontecialidades.
¿Generaciones?
¿Y si del ámbito pasamos a considerar la dimensión diacrónica, la historia? ¿Dónde empieza «el presente»? ¿A partir de cuándo lo que ha pasado no es todavía separable de lo que podemos considerar actual? Sin duda entra aquí en juego la que llamaríamos dinámica de las generaciones. Yo no creo en el «protagonismo» de las mismas, pero sí en la importancia, determinante al vivirse desde dentro, y ordenadora para una perspectiva exterior, de la cronología. Y en este sentido, todo es un sucederse de generaciones. Para abarcar el presente me parece necesario admitir la coexistencia de, precisamente, tres generaciones (establecidas, a partir de las fechas de nacimiento, de quince en quince años): una ascendente, juvenil; otra, central, en su plenitud, y una tercera, de prestigios establecidos, con obra ya, fundamentalmente, realizada. Este esquema es casi obligado si tenemos en cuenta que, por lo que se refiere a nuestro siglo, en España, los ciclos generacionales están hace tiempo establecidos y admitidos: nacidos entre 1860 y 1875, y con obra publicada a partir de 1890 (modernismo-98: de Maragall, Darío y Unamuno a Manuel y Antonio Machado); nacidos entre 1875 y 1890, con publicaciones desde 1905 aproximadamente (novecentistas: D'Ors, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Miró...); nacidos entre 1890 y 1905, y que publican desde 1920 (grupo del 27 y coetáneos: en la narración, el rezagado Jarnés, Espina, Ayala, Sender...). De esa etapa quedan hoy, longevos, el propio Ayala, Alberti, Chacel...
Pero es ahora cuando encontramos ya, entre los escritores leoneses, los miembros de la generación mayor, la del 36 o de la República, nacidos entre 1905 y 1920, y con obra publicada muy poco antes o poco después de la guerra civil: aquí encontramos la llamada «Escuela de Astorga», con Luis Alonso Luengo, hoy verdadero patriarca de las letras leonesas, y entre otras muchas cosas, excelente narrador; Ricardo Gullón, que también se acercó fugazmente a la novela; los hermanos Panero, Lorenzo López Sancho, y ya fuera de Astorga, pero refiriéndome ahora sólo a los que han escrito novelas, Victoriano Crémer y Ramón Carnicer.
La generación hoy en su plenitud es la que se ha llamado «del medio siglo» o «del 50» (a veces se ha confundido generación con «promoción», que es un ciclo mucho más breve): yo entiendo aquí los nacidos, aproximadamente, entre 1920 y 1955, y que publican poco antes o poco después de 1950; todos más o menos en la órbita, o en contradicción, con el «realismo crítico» dominante aquellos años: entre los narradores leoneses, Severiano Fernández Nicolás, Antonio Pereira, Jesús Fernández Santos, Josefina R. Aldecoa, Esteban Carro Celada, César Aller y el foráneo, pero leonés de honor (luego veremos por qué), Juan Benet.
Tenemos pues, ahora, en tercer lugar, la oleada de los nacidos, aproximadamente, entre 1935 y 1950, generación joven, hoy en plena ascensión, todavía sin nombre (aunque los términos de «posmodernidad» y «realismo mágico» o transmutación de lo real en invención o fantasía, hayan sonado frecuentemente), con obras publicadas ya a partir de 1970, y que, con frecuencia después de iniciarse en la poesía, se consolida en lo que por antonomasia llamamos «nueva narrativa leonesa», integrada, quizá ante todo, en el bien soldado triunvirato que forman José María Merino, Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez, y a su lado, con una obra a veces paralela, a veces divergente (y en rigor la no uniformidad vale naturalmente para todos), al menos, a mi ver, Jesús Torbado, Elena Santiago y Antonio Colinas.
Se añade aquí ahora, a veces, el nombre de Julio Llamazares, pero teniendo en cuenta, como dato clave en la ordenación, la cronología, tanto de la vida como de la obra, está claro que Llamazares, nacido ya bien entrada la década de los cincuenta, y con una primera novela de 1985, pertenece a una promoción nueva, que empieza ahora, y a la que viene a sumarse el recién aparecido Aurelio Loureiro, con un primer libro de relatos premiado y editado en 1993.
Faltan nombres, seguramente, pero cito a los enumerados (por otra parte, tan divergentes, y de valor tan desigual, incluso los pertenecientes a las mismas promociones) a título principalmente ilustrativo: para ir dando forma estético-histórica al ámbito en el que surgen, y que luego cada uno contribuye a configurar.
Influencias
La incidencia de los mayores sobre los más jóvenes, o, dicho de otro modo, de las dos primeras «generaciones» consideradas (las de los nacidos, aproximadamente, entre 1905 y 1935) sobre la última (1935-1950), que empieza ya a ser la penúltima, repito, desde la aparición de Llamazares y Loureiro, esa incidencia o (si el término no resulta antipático) influencia eventual, es, por lo que yo puedo detectar o ver, muy desigual y, en principio, no decisiva ni determinante. «Donde no hay tradición hay plagio», pero la «tradición» en que se forman y surgen los mejores novelistas leoneses (y la afirmación vale desde La pícara Justina o El señor de Bembibre hasta lo más reciente) excede siempre el marco de lo leonés anterior; abarca lo español en su conjunto y, desde la época modernista, lo hispánico (en las nuevas promociones, más aún, al coincidir con la famosa «explosión» de la novela hispanoamericana), y, más allá de la lengua común, lo iberoamericano (Torga, Jorge Amado, Saramago ahora, han sido leídos con interés y provecho), así como, no hace falta decirlo, las obras que están en la boca y en la memoria de todos, traducidas o conocidas directamente, procedentes de las literaturas angloamericana, francesa, italiana, alemana, rusa y de otras procedencias (¿qué escritor joven no ha leído a Kawabata, Tanizaki, Mishima o Milan Kundera...?).
Pues bien; entre los propiamente leoneses o incorporados a lo leonés por su temática, hay seguramente dos presencias bastante comúnmente activas en las nuevas promociones: son Fernández Santos y Benet. Fernández Santos cuenta ya desde su primera novela, Los bravos (1954), que, aparte sus otras muchas cualidades es, estrictamente, una novela de la montaña leonesa («mi padre era de Cerulleda, el pueblo de Los bravos —declaraba el autor en 1979—... Yo me siento muy de esta tierra porque aquí están mis raíces...» (3). Y en cuanto al recién desaparecido Juan Benet, está claro que desde su primer relato, Volverás a Región (1967), al erigir ese mundo a la vez mítico y obsesivamente determinado y real que es «Región», toma como punto de partida León, el nordeste de la provincia leonesa, según él mismo ha testimoniado: «Durante diez años viví en aquellas tierras [se refiere al valle del Porma, no lejos de Boñar, donde residía por su profesión de ingeniero]... el único período que he vivido fuera de Madrid..., que por lo mucho que significó para mí, por el motivo de inspiración... y el definitivo sesgo que allí adquirió ese aspecto de mi vida, constituye tal vez el momento de fraguado de la sustancia de que he sido hecho...» (4).
Ahora bien, pese a esa fuerte y visceral raigambre leonesa, nadie pretenderá que Benet o Fernández Santos «pertenezcan» a lo que, aun con todas las precauciones y flexibilidad que interpongamos, puede llamarse «literatura leonesa». La cuestión, vista así, está simplemente mal planteada. Volvemos a la pregunta inicial: ¿existe, realmente, una «literatura leonesa»? Sí y no. Las raíces no son el árbol, y menos la semilla, que fructifica cerca o lejos, donde y cuando quiere. Los narradores leoneses, tanto por la formación como por el alcance de su obra son, cuando son algo, escritores españoles; es decir, insertos en una lengua y una cultura anchamente multinacionales... y con la opción, al menos en potencia, a salir al mundo, como el manchego imaginado por un alcalaíno (según algunos, quién sabe, de raíces también leonesas), para convertir León y sus pueblos en unos pueblos y una ciudad que se reconozcan y existan en cualquier parte de nuestro pequeño planeta.
E. G. de N.—CATEDRÁTICO UNIVERSIDAD DE BERNA
(*) En cuanto a bibliografía sobre el tema, hay muchos estudios parciales, sobre aspectos, revistas o autores concretos. Obras de carácter general, aparte la monumental Historia... de Martínez García, hay al menos dos, de carácter colectivo una: Literatura contemporánea en Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León, 1986, 561 pp. y otra de autor concreto: Santos Alonso, Literatura leonesa actual. Estudio y antología (igual editorial y fecha), 390 pp., (Los autores estudiados, por orden aproximadamente cronológico, son: Crémer, Gullón, Carnicer, Fernández Nicolás, Pereira, E. de Nora, Fernández Santos, López Álvarez, Gamoneda, Merino, A. Delgado, Aparicio, E. Santiago, L. Mateo Díez, Torbado, Colinas y F. Cabal.)(
(1) Francisco Martínez García: Historia de la Literatura leonesa, Madrid-León, Editorial Everest, 1982, 1.151 pp.
(2) Estos relatos aparecieron primeramente en 1907, precedidos de una carta de Menéndez Pidal al autor. Hay una 2.ª edición (Oviedo, 1920), y una 3.ª (León, Ediciones Lancia, 1987, 263 pp.).
(3) Cfr. Historia..., pp. 1046-1047. (Conversación con Martínez García, el 9 de agosto de 1979.)
(4) Revista Margen, de la Universidad de León, octubrenoviembre de 1980. Reproducido en Historia... pp. 1042-1043.
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