INSULA Francisco Nieva en la vanguardia del teatro español. Número 566. Febrero 94
 
 

EL ESTADO DE LA CUESTIÓN
FRANCISCO NIEVA

EN LA VANGUARDIA DEL TEATRO ESPAÑOL
JESÚS MARÍA BARRAJÓN/

SOBRE LA CLASIFICACIÓN DEL TEATRO DE FRANCISCO NIEVA



La clasificación del teatro de Francisco Nieva anterior a la edición en 1991 de su Teatro completo (1) quedaba establecida en tres vertientes a las que el autor había denominado «Teatro furioso» (TF), «Teatro de farsa y calamidad» (TFC) y «Teatro de crónica y estampa» (TCE). La última de ellas no presenta controversia alguna al estar únicamente integrada por Sombra y quimera de Larra, pieza teatral que adapta libremente una obra de éste, No más mostrador, a la vez que juega con los parámetros del teatro didáctico y costumbrista de los siglos XVIII y XIX. Aunque más confusas, las etiquetas de TF y TFC distinguían con cierta precisión dos modos dramáticos no radicalmente diversos, pero sí concebidos desde diferente perspectiva. Al editar su Teatro completo, Nieva decide clarificar su trayectoria teatral y, para ello, nos ofrece una clasificación de su teatro en la que añade a las vertiente ya señaladas cuatro nuevos grupos, llamados «Teatro inicial» (TI), «Reóperas», «Tres versiones libres» (TVL) y «Teatro en clave de brevedad» (TCB), e integrados mayoritariamente por obras que con anterioridad se adscribían a otros grupos. La clasificación de los volúmenes del Teatro completo (la nota previa en la que aparece explicada está firmada por Jesús Martín Rodríguez, coordinador de la edición, quien se atuvo estrictamente a las indicaciones del autor) une criterios temático-formales, cronológicos y de extensión. El criterio temático-formal se emplea al agrupar las obras en torno a las etiquetas de «Reóperas», TF, TFC y TCE; cronológico, al hacerlo en torno a la de TI; de extensión, al crear un grupo como TCB. En una primera impresión, sorprende el empleo de criterios tan dispares, que provoca más problemas de los que previene. Veamos cuáles son esos problemas y cuáles pueden ser las razones que han llevado a Nieva a ofrecer esta clasificación.

Problemas de la clasificación del Teatro completo

La primera sorpresa es la de encontrarnos con que dos de las tres obras que forman parte del TI están fechadas en 1967 (pónganse cuantos reparos se quiera a la fiabilidad de estos datos [2]); son Es bueno no tener cabeza y El maravilloso catarro de Lord Bashaville, que, junto con Tórtolas, crepúsculo y... telón (1952, aunque modificada posteriormente para su publicación, en 1972), integran este grupo. Las dos primeras son posteriores a las «reóperas» y a las primeras del TF.

Un segundo aspecto llamativo viene dado por la separación entre estos dos últimos grupos. Ambos coinciden cronológicamente: las «reóperas» son de 1961 (Pelo de tormenta) y de 1963 (Nosferatu); las obras del TF están fechadas en 1961 (El fandango asombroso y El rayo colgado), 1971 (La carroza de plomo candente), 1973 (Coronada y el toro), 1974 (El paño de injurias) y 1975 (Los españoles bajo tierra). La diferencia cronológica en nada estorba la separación en dos grupos, pero sí lo hace la existencia de declaraciones en las que se señala que «el “Teatro furioso” nació de un hallazgo imprevisto, los libretos de las óperas románticas, que, puestos en escena verbalmente, me parecieron que daban un teatro muy preciso, concentrado, lleno de sugerencias y de acciones rápidas» (3). Este es el mismo origen que, en otros lugares (4), se atribuye a las «reóperas». Según esto, el origen de las «reóperas» y del TF sería el mismo, y los dos grupos, en definitiva, una misma cosa, aunque tradicionalmente el autor ha entendido que lo segundo englobaba a lo primero, como implícitamente queda evidenciado en la edición del Teatro furioso (5) en 1975, en la que Pelo de tormenta y Nosferatu recibían el subtítulo de «reóperas» y se incluían dentro del TF.

Por otra parte, algunas obras incluidas anteriormente en el TFC pasan al TF; es el caso de El rayo colgado (1952) y Los españoles bajo tierra (1975), anteriores cronológicamente a algunas del TFC, pero no a todas: Malditas sean Coronada y sus hijas se concluye en 1968 (fue iniciada en 1949), La señora Tártara se escribe en 1970, El baile de los ardientes en 1975, Delirio del amor hostil y La Magosta hacia 1977-78, Catalina del demonio en 1988.

Por último, extraña que Nieva establezca como grupo diferente un teatro breve, cuando obras como Es bueno..., La carroza..., etc., integradas en otras vertientes, no superan la extensión de las obras incluidas dentro del TCB. Además, sorprenden las fechas de las piezas que forman este grupo: 1968 para El corazón acelerado y Caperucita y el otro, 1971      para El espectro insaciable, 1987 para Te quiero, zorra, No es verdad, Corazón de arpía y Carlota Basilfinder. ¿Por qué, por ejemplo, no se incluyen en este grupo Es bueno...         y El maravilloso catarro..., ambas del TI, y de igual extensión y fecha a las tres primeras del TCB?

Todas las fechas dadas deben tenerse como provisionales y sujetas a posible modificación, sobre todo porque el proceso creador de Nieva es lo suficientemente complicado como para desistir del intento de ofrecer seguridad sobre ninguna cronología que no sea la de las publicaciones de las obras, y ésta poco puede ayudarnos, pues la mayoría han sido editadas mucho después de su creación. Se da el caso de obras escritas en un plazo de casi veinte años (Malditas...), de otras concebidas en un primer momento como cuentos (Coronada y el toro, El paño de injurias), de otras modificadas sustancialmente en sucesivas ediciones (El baile de los ardientes, Salvator Rosa). En numerosas ocasiones, por otra parte, ante la fecha ofrecida, se tiene la duda de si corresponde a la del esbozo o a la de la conclusión definitiva de la obra.

En segundo lugar, debe tenerse presente que muchos de los argumentos teatrales de Nieva conocieron sus primeros esbozos en los últimos años de la década de los cuarenta y en los primeros años de la del cincuenta, y que ya en esos momentos aparecían representadas casi todas las vertientes de su teatro. Por esos años Nieva ensaya la primera formulación de obras como Malditas..., El rayo colgado (concluida en 1961), El combate de Ópalos y Tasia, Tórtolas, crepúsculo y... telón. Podemos reparar en que la primera de las citadas se incluye en el volumen del Teatro completo dentro de las obras del TFC, la segunda dentro de las «Reóperas», la tercera en el TF y la última dentro del TI. Vemos así que, desde sus comienzos, el teatro de Nieva ensaya diversas posibilidades, lo que dificulta la posibilidad de relacionar cronología y formas y contenidos. Por otra parte, nos encontramos con unos años, los que van de 1967 a 1977, en los que Nieva trabaja en lo que son sus líneas dramáticas principales. Escribe Es bueno... y El maravilloso catarro..., del TI; La carroza..., Coronada..., El paño..., Los españoles..., del TF; Malditas..., La señora Tártara, El baile..., Delirio..., La Magosta, del TFC; El corazón acelerado, Caperucita y el otro y El espectro insaciable, del TCB; La paz, de TVL.

Criterios de clasificación

¿Cómo ordenar este material ante la edición completa de una obra? ¿Siguiendo un criterio cronológico de escritura y olvidando denominaciones como TF y TFC? ¿Con un criterio temático (6)? ¿Con uno formal? En mi opinión, Nieva ha escogido el más difícil y, al tiempo, el más clarificador: ha optado por uno que engloba los tres mencionados. Para ese fin, el autor ha actuado como si su trayectoria hubiera sido lineal, aun a sabiendas de que no lo ha sido en cuanto a su desarrollo cronológico, temático y formal. De este modo, lo que la clasificación de los volúmenes del Teatro completo muestra es la percepción que el propio autor tiene de su trayectoria dramática. Por supuesto, se trata de una hipótesis, pero creo que no carente de fundamento.

La incorporación de un grupo como el del TI nos comunica la idea de un autor que quiere precisar que en su trayectoria existen una serie de obras que considera válidas, pero en las que se percibe a sí mismo como un dramaturgo que aún busca, sin haberlo encontrado, su verdadero modo de expresión. En las tres obras incluidas dentro del TI se ofrece un tipo de teatro en el que, aunque escrito al tiempo que otras de sus obras, se percibe una notable influencia de dramaturgias ajenas. Son obras inmersas aún en las formas del teatro del absurdo (Es bueno..., El maravilloso catarro...) y del teatro de la crueldad (Tórtolas...), a las que Nieva se abre desde su llegada a París en 1953, y aun antes, y que perduran en el que Nieva juzga su mejor teatro, aunque no de forma central. Con esta denominación de TI, Nieva parece señalar un grupo de obras en las que, desde la perspectiva de 1991, no encuentra todavía su voz personal.

Que en esa misma fecha de 1991 Nieva decida separar de su TF las «reóperas» parece indicar un afán de precisión formal y evolutiva. Vimos arriba que el origen de uno y otro grupo es el mismo, pero aquí entra en juego un aspecto que los diferencia a los ojos del autor: las «reóperas» pretenden ser una especie de guión en manos de un director, y las obras del TF, no. En la nota que el autor coloca al frente de Pelo de tormenta, se señala: «La reópera es una modalidad de teatro de breve escritura, susceptible de un profuso desarrollo en manos de un “maestro de ceremonias”. Teatro abierto, para introducir formas y reformas de carácter visual: bailes, desfiles, escenografía cambiante y efectista» (7). Con un criterio formal, Nieva diferencia las dos obras más «radicales» del TF (aquellas que se conciben como piezas que el director deberá desarrollar) de aquellas que, aunque mantienen sus mismas características, hacen primar en mayor medida la presencia del autor. Las primeras significan un apunte desarrollado por medio de una acción coral, cambiante, expresada a través de un lenguaje irracionalista y de unos personajes carentes de psicología, convertidos en pura acción y palabra. El TF, escrito por las mismas fechas, mantiene las constantes esenciales de las «reóperas», pero reduce la radicalidad de la propuesta de éstas, salvo la referente a la sorprendente capacidad de nuestro autor para la creación lingüística. La palabra se convierte —ya lo era en las «reóperas»— en la principal protagonista de este teatro, y ello motiva, como ha señalado Carlos Bousoño, la coralidad y ausencia de psicología de este teatro que, «sin dejar de ser, en el sentido más fuerte, teatro, se nos aparece, con no menos fuerza, como poesía» (8). Este es el primer modo teatral que, repito, desde la perspectiva de 1991, Nieva parece considerar verdaderamente propio, desprovisto de «voces ajenas», o mejor, en el que éstas matizan y enriquecen el universo artístico de Francisco Nieva, el mismo que comienza a esbozarse desde finales de los cuarenta, pero que no encuentra sino hasta los sesenta su adecuada expresión dramática.

No parece casual que Nieva siga una ordenación en su Teatro completo que antepone las «reóperas» al TF, cuando sus inicios son simultáneos. En mi opinión, Nieva quiere distinguir las obras que escribe enfatizando los criterios de la vanguardia teatral, de aquellas en las que ésta se diluye entre los recovecos de su propia poética. Al menos, esa es la perspectiva con la que parece trabajar en 1991. Fijémonos, por ejemplo, que en su «Breve poética teatral» justifica el paso hacia el TF (aún no había separado de él las ­«reóperas») como la claudicación de su «aspiración a proveer el teatro de esos guiones inductores susceptibles de un desarrollo más denso» (9). En la nota previa al Teatro completo, se lee, sin embargo: «el “Teatro furioso” demuestra las posibilidades del descubrimiento anterior hasta lograr las dos obras mayores, Los españoles bajo tierra y Coronada y el toro» (10). Nieva parece ordenar su teatro en función de cómo él mismo percibe su crecimiento.

El grupo formado por las obras del TFC presenta menos problemas, porque, aunque coinciden en fechas con las del TF, su simple lectura indica que nace de éste y de un amortiguamiento de su radicalidad. El TFC no niega ninguna de las características del TF, pero las matiza mediante el desarrollo más complejo de las acciones, lo que provoca un crecimiento de la psicología del personaje; asimismo, se percibe una reducción del poder transgresor de la palabra, aunque se mantiene el mismo tono, por lo que la diferencia es sólo cuantitativa. Interesa señalar, no obstante, que ambos modos teatrales se dan a un mismo tiempo, y que esta coetaneidad, más que afirmar la existencia de un autor que trabaja simultáneamente dos modos expresivos, sugiere sobre todo la idea de un creador que busca el adecuado para comunicar eficazmente lo que busca transmitir. Desde este punto de vista, se entiende mejor que Nieva haga variar la adscripción de unas obras del TFC al TF, en concreto, El rayo colgado y Los españoles..., la última de las cuales es considerada ahora, como acabamos de ver, uno de los máximos exponentes del TF. ¿Cabe explicar el cambio atribuyéndolo a las débiles fronteras que separan uno y otro modo dramático? No parece probable; si son tan débiles, tanto da que queden incluidas bajo una u otra etiqueta. Sin embargo, sí que parece factible que el autor, al revisar su obra, entienda que lo que en un momento dado (posiblemente en el que más empeño ponía en su TFC) había sido adscrito a un grupo, desde el nuevo punto de vista que ordena ahora su teatro, deba serlo a otro. En su momento se escribieron o se entendieron como TFC, pero con la perspectiva que el tiempo regala, resultaron ser TF, lo que probablemente siempre habían sido.

Con los tres últimos grupos establecidos para su teatro, Nieva parece comportarse de modo diferente. En el caso del TCE y de las TVL, la peculiaridad de las obras explica su separación de los anteriores grupos. No plantea problema alguno la inclusión de Sombra y quimera de Larra como única obra integrante del TCE, pues su diversidad del resto del teatro de Nieva se hace evidente. Tampoco lo presenta el que Nieva llama «Tres versiones libres», esto es, las «adaptaciones» de La paz, de Aristófanes (1977); Tirante el Blanco,    de Joannot Martorell (1986), y El manuscrito encontrado en Zaragoza (1988), de Jan Potocki, aunque, en realidad, es tan libre la adaptación que resultan adscribibles o bien   al TF o al TFC.

Queda por observar el criterio seguido por Nieva para englobar siete de sus obras dentro de la etiqueta de TCB. La denominación no parece afortunada porque, como ya sabemos, varias piezas de los restantes grupos no superan la extensión de las incluidas en éste. La razón que conduce a Nieva a crear este grupo no puede ser diferente de la referida en los casos anteriores: el TCB hereda del TF y del TFC el universo temático, pero modifica los esquemas que lo expresan. En el panorama de la trayectoria dramática de Nieva, este teatro surge como una tercera posibilidad de expresión, simultánea al TF y al TFC. Al ordenar su obra en 1991, decide separarlo de las otras etiquetas y agrupa en él siete piezas, entre las que median veinte años de diferencia. La etiqueta de TCB sugeriría que Nieva no establece más relación entre ellas que la de la extensión. Sin embargo, en contra de esta idea viene el hecho de que otras piezas breves no son incluidas en este grupo, lo que hace ver que, implícitamente, esas obras quedan unidas por algo más que su extensión. Las une su divergencia formal respecto al restante teatro de Nieva: linealidad narrativa, tendencia a la expresión normativa del lenguaje, así como a la expresión simbólica del conflicto, el cual, a su vez, aunque mantiene la capacidad transgresora de la norma moral, se centra más en lo personal (la muerte, el amor, el tiempo) que en lo social. Este es el teatro en el que últimamente trabaja Nieva, cuyo origen se remonta a los años finales de la década de los sesenta.

En realidad, lo que hace Nieva en la clasificación de su Teatro completo es mantener la división de su teatro en las dos grandes vertientes que eran tradicionales, señalando —y, por tanto, clarificando— qué lo ha conducido hasta ellas (la aprehensión de la vanguardia, entre otras cosas), y qué es lo que ha venido después (un teatro que no puede ser definido por su brevedad), aun coincidiendo todo ello en el tiempo. Quizá el transcurso de los años nos aconseje otro modo de ordenar su teatro, pero resulta esclarecedor conocer cuál es la perspectiva con la que el autor ha revisado su teatro con motivo de la edición de su obra dramática completa.

J. M. B.—UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA

(1)  Toledo, Servicio de Publicaciones de la Junta de Castilla-La Mancha, 1991. Prólogos de Angelika Becker, Carlos Bousoño, Jesús María Barrajón y Phyllis Zatlin-Boring.

(2)  Trabajamos con una cronología difícil y contradictoria. No obstante, nos atenemos a la establecida por el autor en su Malditas sean Coronada y sus hijas. Delirio del amor hostil (edición de Antonio González, Madrid, Cátedra, 1980, p. 79), aunque matizada por la que ofrece en su «Autobiobibliografía» (Primer Acto, núm. 153, febrero 1973, pp. 18-21), así como por la facilitada por los prologuistas del Teatro completo (op. cit.). Cuantas fechas aparecen en este trabajo provienen de estos tres lugares.

(3)  José Luis Vicente Mosquete, «Con Francisco Nieva: el amor y la gloria», Cuadernos El Público, núm. 21, febrero 1987, p. 15.

(4)  «En torno a una nueva escritura teatrante», en Riaza, Hormigón, Nieva, Teatro, Madrid, Cuadernos para el Diálogo (EDICUSA), 1973, p. 157.

(5)  Teatro furioso, prólogo de Moisés Pérez Coterillo, Madrid, Akal-Ayuso, 1975.

(6)  Katarzyna Górna-Urbanska intenta una clasificación del teatro de Nieva basándose en ese criterio («Viaje al teatro de Francisco Nieva», Cuadernos El Público, cit., pp. 21-61).

(7)  Teatro completo, op. cit., p. 173.

(8)  «El “Teatro furioso” de Francisco Nieva», en Francisco Nieva, Teatro completo, op. cit., p. 266.

(9)  Francisco Nieva, «Breve poética teatral», en Malditas sean Coronada y sus hijas..., op. cit., p. 104.

(10)  Teatro completo, op. cit., p. 1

 
 
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