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A estas alturas, cuando en medio del cotarro alguien se atreve
a preguntar qué hay de nuevo en la poesía, afronta el riesgo
de ser inmediatamente identificado como un profesor en busca
de esquemas escolares, un antólogo oportunista, o, simplemente,
como un despistado que cree que sólo tiene valor lo novedoso.
Nada extraño, porque los tres tipos abundan entre nosotros.
Convendría, sin embargo, recordar que la pretensión de novedad
es marca constante de los poetas: desde el anónimo autor del
Alexandre al «raro inventor» protagonista del Viaje
del Parnaso. Por no ir tan lejos, basta recontar las veces
que las sucesivas promociones de poetas de nuestro siglo han
irrumpido en escena motejando de «viejos» a los que eran casi
coetáneos y autoproclamándose representantes legítimos de
«la nueva literatura». Los años —y no hacen falta muchos—
se encargan de poner las cosas en su punto, evidenciando que
novedades, lo que se dice novedades sustanciales, se producen
muy de tarde en tarde y que en el entretanto hemos de contentarnos
con meras variaciones accidentales.
La insistencia tal vez sea connatural al acto mismo de la
creación. En efecto, todo poeta consciente busca crear
y sabe que ello no es posible sin lograr que su palabra sea
voz y no simple eco. Eso explica —y el ejemplo
me parece paradigmático— que un poeta como don Antonio Machado,
tan ajeno a vanidades y desdeñoso de novedades —«ni soy un
ave de esas del nuevo gay-trinar»—, sienta la necesidad
de detenerse a trechos para distinguir «las voces de los ecos»
y escuchar entre aquéllas sólo una, la suya. Y es que la voz
individual sólo fluye posible en el conjunto de otras voces.
En esa línea imagina Octavio Paz la poesía como «un pórtico
de pilares transparentes». Cada pilar es una columna sonora:
«sílabas que alguien dice, palabras que alguien oye». «En
el dominio de la poesía —añade— no hay [...] ejemplares únicos,
individuos aislados; hay familias y tribus, asambleas de columnas,
galerías de reflejos» (1).
No pensemos en generaciones o en clasificaciones regidas
por la edad o cualquier otra referencia temporal. Con frecuencia
en una tarea de renovación confluyen poetas de varias promociones.
Así ocurrió, por ejemplo, en los años sesenta en España. Si
repaso mis lecturas poéticas de los últimos meses, entre mil
ecos escucho voces renovadoras de Gamoneda y
Juan Carlos Suñén, de Valente y Padorno, de Carlos Marzal
y Bousoño, de Concha García y Maruri, de Feria, Juan Luis
Panero y Ángel González... Las relaciones se establecen en
muy diversos planos, pero la consecuencia coincide con lo
que W. H. Auden presagiaba: «si pudiera asomarse a una memoria,
el historiador de la literatura encontraría a muchos miembros
de esa espe-cie que llaman libros, pero curiosamente transformados,
cambiados ligeramente con respecto a los que se encuentran
en su biblioteca» (2).
Desde estos postulados teóricos intenta hoy ÍNSULA tomar
el pulso a los versos. Tres críticos comienzan por cuestionar
las acotaciones establecidas y se esfuerzan en apuntar vías
para orientarse en esa «galería de reflejos» que es el mundo
de la poesía. Formulamos después a poetas, editores y críticos
una pregunta abierta sobre qué hay de nuevo en la poesía española.
Por fin, avanzando un paso más, solicitamos a varios autores
de las últimas promociones un esbozo de poética. Acaso esta
última parte reclame un par de líneas de justificación. Todas
las pretensiones de construcción de grupos han ido jalonadas
de «poéticas». Un reciente libro ironiza sobre ello: «—Ya
te lo advertí: con que le des un poco de confianza, te saca
la poética / —No lo pude evitar» (3). Pero don Antonio decía
por boca de Mairena que lo que distingue a un poeta de un
señor que hace versos es la capacidad de formular en prosa
y brevemente su poética.
Como declaración refleja de intenciones han de entenderse
las que aquí se recogen hoy. Más conocidas las de autores
consagrados de otras promociones, constituyen éstas un conjunto
abierto de reflexiones de poetas sobre su quehacer y sobre
el de sus colegas. Cuando tanto se reincide sobre el viejo
pecado de confundir el proceso poético de una lengua con el
anecdotario y el chismorreo, creemos que puede resultar un
ejercicio saludable.
Y abiertas quedan las riberas de esta ÍNSULA para que quien
lo desee pueda aportar reflexión o transmitir la percepción
de otros pulsos del verso.
VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA.—DIRECTOR
(1) «Juegos de memoria y olvido», presentación
de Luis Cernuda, La familia intrépida, Barcelona, Sirmio,
1988, p. 11.
(2) «Reflexiones sobre la formación del poeta», Diálogo (Artes/Letras/Ciencias Humanas), El Colegio
de México, núm. 38, 1971, p. 9.
(3) José Luis Jover, A esta baraja le faltan
corazones,
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