INSULA Los pulsos del verso. Número 565. Enero 94
 
 

LOS PULSOS DEL VERSO



A estas alturas, cuando en medio del cotarro alguien se atreve a preguntar qué hay de nuevo en la poesía, afronta el riesgo de ser inmediatamente identificado como un profesor en busca de esquemas escolares, un antólogo oportunista, o, simplemente, como un despistado que cree que sólo tiene valor lo novedoso. Nada extraño, porque los tres tipos abundan entre nosotros.

Convendría, sin embargo, recordar que la pretensión de novedad es marca constante de los poetas: desde el anónimo autor del Alexandre al «raro inventor» protagonista del Viaje del Parnaso. Por no ir tan lejos, basta recontar las veces que las sucesivas promociones de poetas de nuestro siglo han irrumpido en escena motejando de «viejos» a los que eran casi coetáneos y autoproclamándose representantes legítimos de «la nueva literatura». Los años —y no hacen falta muchos— se encargan de poner las cosas en su punto, evidenciando que novedades, lo que se dice novedades sustanciales, se producen muy de tarde en tarde y que en el entretanto hemos de contentarnos con meras variaciones accidentales.

La insistencia tal vez sea connatural al acto mismo de la creación. En efecto, todo poeta consciente busca crear y sabe que ello no es posible sin lograr que su palabra sea voz y no  simple eco. Eso explica —y el ejemplo me parece paradigmático— que un poeta como don Antonio Machado, tan ajeno a vanidades y desdeñoso de novedades —«ni soy un ave de esas   del nuevo gay-trinar»—, sienta la necesidad de detenerse a trechos para distinguir «las voces de los ecos» y escuchar entre aquéllas sólo una, la suya. Y es que la voz individual sólo fluye posible en el conjunto de otras voces. En esa línea imagina Octavio Paz la poesía como «un pórtico de pilares transparentes». Cada pilar es una columna sonora: «sílabas que alguien dice, palabras que alguien oye». «En el dominio de la poesía —añade— no hay [...] ejemplares únicos, individuos aislados; hay familias y tribus, asambleas de columnas, galerías de reflejos» (1).

No pensemos en generaciones o en clasificaciones regidas por la edad o cualquier otra referencia temporal. Con frecuencia en una tarea de renovación confluyen poetas de varias  promociones. Así ocurrió, por ejemplo, en los años sesenta en España. Si repaso mis lecturas poéticas de los últimos meses, entre mil ecos escucho voces renovadoras de Gamoneda y Juan Carlos Suñén, de Valente y Padorno, de Carlos Marzal y Bousoño, de Concha García y Maruri, de Feria, Juan Luis Panero y Ángel González... Las relaciones se establecen en muy diversos planos, pero la consecuencia coincide con lo que W. H. Auden presagiaba: «si pudiera asomarse a una memoria, el historiador de la literatura encontraría a muchos miembros de esa espe-cie que llaman libros, pero curiosamente transformados, cambiados ligeramente con respecto a los que se encuentran en su biblioteca» (2).

Desde estos postulados teóricos intenta hoy ÍNSULA tomar el pulso a los versos. Tres críticos comienzan por cuestionar las acotaciones establecidas y se esfuerzan en apuntar vías para orientarse en esa «galería de reflejos» que es el mundo de la poesía. Formulamos después a poetas, editores y críticos una pregunta abierta sobre qué hay de nuevo en la poesía es­pañola. Por fin, avanzando un paso más, solicitamos a varios autores de las últimas promociones un esbozo de poética. Acaso esta última parte reclame un par de líneas de justificación. Todas las pretensiones de construcción de grupos han ido jalonadas de «poéticas». Un reciente libro ironiza sobre ello: «—Ya te lo advertí: con que le des un poco de confianza, te saca la poética / —No lo pude evitar» (3). Pero don Antonio decía por boca de Mairena que lo que distingue a un poeta de un señor que hace versos es la capacidad de formular en prosa y bre­vemente su poética.

Como declaración refleja de intenciones han de entenderse las que aquí se recogen hoy. Más conocidas las de autores consagrados de otras promociones, constituyen éstas un con­junto abierto de reflexiones de poetas sobre su quehacer y sobre el de sus colegas. Cuando tanto se reincide sobre el viejo pecado de confundir el proceso poético de una lengua con el  anecdotario y el chismorreo, creemos que puede resultar un ejercicio saludable.

Y abiertas quedan las riberas de esta ÍNSULA para que quien lo desee pueda aportar reflexión o transmitir la percepción de otros pulsos del verso.

VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA.—DIRECTOR

(1)  «Juegos de memoria y olvido», presentación de Luis Cernuda, La familia intrépida, Barcelona, Sirmio, 1988, p. 11.

(2)  «Reflexiones sobre la formación del poeta», Diálogo (Artes/Letras/Ciencias Humanas), El Colegio de México, núm. 38, 1971, p. 9.

(3)  José Luis Jover, A esta baraja le faltan corazones,

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas